EN LA LÍNEA DE FUEGO: COOPERANTES EN ZONAS DE CONFLICTO Y CRISIS HUMANITARIAS

Cada 8 de septiembre, se celebra el Día del Cooperante: una jornada para recordar a quienes trabajan en zonas de alta vulnerabilidad o en primera línea de las crisis más duras del planeta: guerras, desplazamientos masivos, hambrunas o catástrofes naturales. Ser cooperante es, en muchas ocasiones, sostener la vida en medio del caos.

Cientos de profesionales españoles trabajan hoy sobre el terreno, en su mayoría mujeres según los registros oficiales, codo con codo con socios locales. Pero ser cooperante no es únicamente una elección profesional: es, además, una decisión ética que conjuga entrega, riesgo al estar en primera línea de las crisis más duras del planeta y una resistencia y tenacidad que pocas ocupaciones demandan.

La tormenta perfecta

El mapa humanitario de 2025 enfrenta tres grandes desafíos simultáneos: más violencia, más desplazamientos y menos financiación. Una tormenta perfecta con más guerras, más personas obligadas a huir y cada vez menos recursos para sostenerlas.

Los desplazamientos forzosos alcanzaron los 123,2 millones de personas a finales de 2024, según ACNUR, una cifra récord que en 2025 sigue en aumento. Esta población incluye refugiados, solicitantes de asilo y desplazados internos, reflejo del impacto devastador de los conflictos armados, el cambio climático y las crisis económicas.

Al mismo tiempo, los recursos se tensan: el Plan Humanitario Global 2025 sigue requiriendo una movilización masiva de fondos, y grandes agencias anuncian recortes para 2026 pese al aumento de necesidades.

El mundo no ha conocido en décadas un panorama tan complejo de emergencias:

  • Sudán: es la mayor crisis de desplazamiento interno del mundo; casi 9 millones de personas desplazadas dentro del país y 20,9 millones en necesidad urgente de asistencia para 2025. El acceso de recursos humanitario es extremadamente difícil.
  • Gaza: ataques continuados y hambruna. Entre octubre de 2023 y agosto de 2025, las autoridades sanitarias de Gaza reportan más de 62.000 personas fallecidas y 156.700 heridas; los intentos por conseguir alimentos han dejado miles de víctimas adicionales. La población enfrenta hambre extrema y condiciones sanitarias catastróficas. Cooperar allí implica salvar vidas en condiciones de seguridad casi nulas; es urgente un alto el fuego inmediato y un acceso humanitario pleno y sin trabas en toda la Franja para poner fin al sufrimiento de la población civil.
  • Ucrania: uno de cada tres habitantes (12,7 millones) necesita ayuda humanitaria en 2025; Con el invierno a las puertas, el sistema humanitario prepara un plan de invierno específico que busca para que 1,7 millones de personas no queden a merced del frío extremo.
  • R. D. del Congo: 21,2 millones de personas precisan ayuda; el plan 2025 requiere 2.5 mil millones de dólares y está lejos de financiarse la asistencia necesaria.
  • Myanmar: 19,9 millones de personas con necesidades; en una de las crisis menos financiadas del planeta.
  • Haití: más de 6 millones de personas necesitan ayuda y 1,3 millones están desplazadas, con un repunte de violencia de bandas y colapso institucional. La respuesta humanitaria de 2025 continúa siendo insuficiente y la comunidad internacional sigue sin responder.

La neutralidad en el objetivo

El perfil profesional de los cooperantes es muy variado desde  personal sanitario que levantan quirófanos de campaña, ingenieras que restablecen el agua potable, logistas que transportan medicinas y alimentos en carreteras bajo fuego, educadores que sostienen escuelas improvisadas, psicólogas acompañando a niñas supervivientes de violencia o comunicadores que documentan abusos y ponen voz e imagen a lo que el mundo no quiere mirar… pero su trabajo se resume en una misión común :  abrir corredores de vida, mantener servicios esenciales y acompañar a las comunidades llevando esperanza donde solo parece haber muerte y  desolación  actuando siempre desde la neutralidad, la  imparcialidad y la independencia.

Trabajar como cooperante en zonas de conflicto implica asumir peligros extremos —desde bombardeos, secuestros, violencia sexual, saqueos o quedar atrapado en desplazamientos masivos —, pero también significa ser la línea que mantiene la vida en pie, incluso cuando ello supone arriesgar la propia.

Los datos son contundentes: en 2024 se registraron 861 víctimas de incidentes graves entre el personal humanitario de ellos 383 perdieron la vida. Solo en Gaza, desde el inicio de las hostilidades en octubre de 2023, 199 trabajadores humanitarios han muerto: a los 181 de 2024, el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja reportó 18 muertes de voluntarios y personal en servicio, a las que se suman las de cooperantes de otras organizaciones como Médicos sin Fronteras o World Central Kitchen (WCK). A esta lista trágica se añaden también más de 100 periodistas fallecidos, que arriesgaron su vida para documentar y dar testimonio de los horrores de la guerra.

Por otro lado los ataques contra la atención sanitaria superan el millar anual, una violación intolerable del Derecho Internacional Humanitario.  La Organización Mundial de la Salud (OMS) han registrado, solo en el conflicto gazatí, más de  800 ataques a hospitales—entre ellos el de Nasser, en el sur de la franja—, centros de salud y ambulancias, documentándose más de 700 muertos y en torno a 1.000 heridos, casi todos sanitarios que arriesgaron su vida para salvar la de otros . Y si la violencia no fuese suficiente, a ello se suma la falta de instrumental quirúrgico y  equipos sanitario para poder atender adecuadamente a las víctimas.

Hacia una cooperación más segura y sostenible

El Día del Cooperante debe trascender al homenaje simbólico y ser , ante todo,  una llamada a la acción,  a renovar el compromiso público y ciudadano con la cooperación internacional.

Organizaciones como Medicus Mundi Sur aprovechan esta fecha no solo para visibilizar los logros alcanzados y recordar los riesgos a los que se enfrentan estos profesionales en su labor sino para exigir políticas que mejoren sus condiciones, protejan su integridad y garanticen que la ayuda llegue a tiempo. 

Hoy, más que nunca, la labor de estos profesionales exige no solo reconocimiento, sino acciones concretas que garanticen seguridad, acceso humanitario y una cooperación sostenible.  Compromisos firmes que garanticen el acceso humanitario seguro y la protección del personal sanitario; que aseguren líneas de financiación públicas y privadas estables y flexibles, capaces de permitir respuestas rápidas y sostenibles; que impulsen planes de recuperación a largo plazo; y que se refuercen a las organizaciones con presencia local y probada capacidad de respuesta. Igualmente, combatir la desinformación, acudiendo siempre a fuentes humanitarias fiables y contrastadas, para evitar la propagación de mensajes sesgados que distorsionan la realidad de los conflictos.

 Cada profesional humanitario asesinado, cada hospital atacado y cada comunidad abandonada nos recuerdan que la cooperación internacional es una responsabilidad colectiva y urgente donde solo el compromiso real de gobiernos, instituciones y ciudadanía podrá garantizar justicia y futuro.

 

 

 

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