Donaciones en especie, ¿un modelo de solidaridad cuestionable?

Lo hemos escuchado mil veces, «no todo vale», y aunque esto es algo que casi todos damos por hecho, no siempre lo entendemos en la práctica con la misma facilidad. ¿Cuándo se produce el malentendido? Cuando nuestras buenas intenciones no encajan con lo que en realidad está bien.
Hay mil ejemplos en los que se puede hacer daño o no hacer ningún bien, a pesar de tener la mejor de las intenciones. En la Ayuda Internacional puede ocurrir lo mismo, y es que a veces, y motivados por un pico informativo sobre pobreza o alguna calamidad, las buenas intenciones se multiplican, sin que necesariamente hayan aumentado los conocimientos o habilidades para hacer las cosas bien. ¿Un ejemplo? Las donaciones en especie (ropa, alimentos, juguetes, medicamentos, etc.), que en ocasiones es lo primero que se nos viene a la cabeza cuando queremos contribuir con una causa solidaria.
Como ocurre con la mayoría de las cosas, el camino fácil no es siempre el que conduce a donde queremos. Reducir los problemas de un país o región a la ausencia de una serie de productos (ya sean zapatos, camisetas, medicamentos, material escolar, libros, bicicletas, o lo que sea), supone ver las cosas desde una perspectiva muy simplista, que no contempla las verdaderas raíces del problema, ni las verdaderas soluciones posibles. Pero el riesgo principal no está en que esas donaciones puedan ser insuficientes, sino que además pueden ser inapropiadas, y originar nuevos problemas:
- Problemas de espacio. En una emergencia inmediata, el tiempo es oro, pero el espacio también. Hay ONGs que, para desarrollar correctamente su trabajo, requieren el transporte de muchos materiales. ¿Qué ocurre si esos materiales no pueden llegar a su destino porque aeropuertos, carreteras y puertos están saturados con contribuciones donadas que sean menos necesarias?.
- Problemas económicos. Los recursos económicos son limitados, y hay que optimizarlos. La gestión de grandes cargamentos de productos donados enviados desde el extranjero puede ser cara, así como su almacenamiento y distribución. En ocasiones las donaciones materiales cuestan más que lo que realmente aportan.
- Problemas de adecuación. Las agencias y organizaciones que trabajan sobre el terreno son, junto con el gobierno local, quienes pueden determinar las necesidades concretas que tienen en el momento, y que creen que tendrán dentro de un tiempo. Si las donaciones materiales no encajan perfectamente en concepto, cantidad, formato, momento de entrega o método de distribución con las requeridas, supondrán más molestia que ayuda.
- Problemas de impacto. Algunas donaciones pueden perjudicar a la industria o el comercio local. La llegada masiva de un producto gratis puede devaluar el precio de ese producto y llevar a la pobreza a quienes lo producen y venden allí. Del mismo modo, si la distribución no está bien controlada (y es muy difícil controlar la distribución, a cierto nivel) puede no llegar a las manos apropiadas y terminar siendo revendidas o, en cualquier caso, aumentando las desigualdades.
- Problemas de oportunidad. Una donación inapropiada puede estar sustituyendo la solidaridad de calidad. En ocasiones, quien hace algo por la necesidad de sentir que quiere hacer algo, saciará esa necesidad con algo que realmente no va a conducir a una ayuda real, perdiendo la oportunidad de hacer algo realmente útil.
No debemos olvidar que en ocasiones (pocas, eso sí), las donaciones o contribuciones en especie pueden ser valiosas y necesarias. Sin embargo, en esos casos, será una organización con experiencia y capacidades técnicas suficientes la que determinará y gestionará qué necesita, y cómo, cuándo y dónde lo necesita. Por lo general, serán las donaciones económicas las que más se adecuen a lo que las organizaciones de ayuda internacional necesiten, por permitirles comprar exactamente aquello que necesiten.
La solidaridad tiene dos componentes que la mayoría de personas no sabemos ni podemos separar: por un lado, la necesidad de sentirnos bien con lo que hacemos; por otro lado, la ayuda desinteresada. Lo importante es conceder siempre más importancia a lo segundo, seguir las recomendaciones de los expertos y quitarnos de la cabeza la falacia del «todo vale» o del «más vale eso que nada». Las buenas intenciones y las ganas de ayudar son valiosas, claro que sí. Pero lo son aún más si las acompañamos de sentido común, reflexión crítica, y si seguimos las recomendaciones de los expertos.
Fotografía de cabecera | Ronn Aldaman (CC).
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